TERROR DEL PLANETA

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[ TRANSMISIÓN DE ORIGEN ]

Una ranura, todo se inunda de algo nuevo; estoy siendo empujada, apretujada, expulsada de mí misma, de este cúmulo de energía que me contiene desde siempre. Aquí voy.

Un tono rojizo inunda todas las capas de la atmósfera; es más densa de lo normal, hace que las pieles humanas, las animales, comiencen a arder. Comezón en los ojos, sabor a hierro en la boca. Este es el fin, donde mis partes se desembocan, se derriten, se muelen y se pierden por todas partes; libres, todas esas partes se vuelcan hacia todo lo demás, todo lo que hay. Se volverán parte de Marte o de un gas multicolor que rodea otra galaxia. Un olor a centeno. El pánico inunda los ríos. Esperé por tanto tiempo para desaparecer. Tantos seres, tantas veces habitada. Mis adentros comienzan a mojarse; entre las grietas siento el océano que me rodea, quiere disolverse también, llegar al núcleo caliente, un punto que alberga transformación. Comienza a ebullir y siento el calor expandir mis partes, todas comienzan a vibrar tan rápido, un éxtasis de a poco. Las montañas se vuelven polvo, dunas enteras de microscópicos granos de arena y polvo, también los de la piel y la carne que va desintegrándose también entre todo.

Tenía miedo de todo esto. Tenía miedo de seguir por siempre atrapada en este sistema al que fui expulsada violentamente y luego atrapada entre el vacío y otros, en un intento de estabilizar el caos que desencadenamos, entre la luna y el sol, quedé atrapada solo en esta singularidad.

La creación de vida no significa ya nada para mí, estoy vieja, cansada de todo experimento perpetuado en este cuerpo. Todas mis partes se expanden cada vez más, ya no seré una roca flotante. Quiero salir de esta órbita infinita, quiero girar, retorcerme, para eso creé la muerte. Este vaivén indefinido entre lo bello y lo horrendo es este deseo mío de separarme, de dejar de sostenerme.

¿Cómo llegué hasta aquí? No pude llegar tan lejos, me atrapó esta órbita que venera el sol, y así no me quema, no me mata, no me destruye, pero sí calienta poco convirtiéndome en madre de todas las vidas, también de todas las muertes. Desechos milenarios cubren mi cuerpo, esos que alimentan la máquina de muerte que chupa ese desecho de vida ancestral y erige delirios mortales, no es casualidad el salvajismo de mi ser. La única nota que dejé fue casi una carta suicida: «destruyeme» o «te destruiré».

Les entrego mis líquidos, dentro también los tienen, son una réplica; ¿qué estoy buscando? Véanse en mí, miren el deseo que les concedí, un deseo violento que impone una medida de fuerza, de poder. Pongo a disposición mi cuerpo.

Les regalo la daga, la espalda y la lanza, el pico, la pala, el fuego que acaba con todo. Destrúyanlo ya con la pólvora que rascan de mis adentros, con el metal y la alquimia. El lenguaje también se ve manchado de todo lo que he creado, otra arma letal, hablar como arma que separa, que segrega, que devalúa y perpetúa esta destrucción que me intoxica, me hace desearlo más que ayer.

Rayos de luz que antes no podían ver, seres extraterrestres o alucinación. Terror, terror por todas partes.

Muerte innecesaria, gritos, garras que raspan (o rasgan) la piel de todo lo que se atraviesa, peleas por un oro que pronto ya no existirá. Todo eso soy, todo lo que quiero matar.

Por fin toda esa vida acaba conmigo, con el terror que me atormenta desde siempre, el de seguir siempre aquí reproduciendo la misma violencia sobre este cuerpo.